Far Away, el manga de Nikolografía, autopublicado el mes pasado, ilustra el fin que conjeturamos las y los chilenos de las clases populares. En un escenario donde estalló una tercera guerra mundial y colapsó la tecnología, se confirma la eterna precariedad de las pegas de mierda que nos esperan. La obra es una historia breve que logra dar forma consistente a la sensibilidad de dos jóvenes cuya motivación existencial se diluye en una metrópoli asfixiada por las secuelas de una tormenta solar a mediados de siglo.
Con un estilo que prioriza la expresividad de los rostros y el desastre visual de nuestra realidad urbana, el relato se articula sobre la desesperanza de habitar una capital sin lugar para la juventud obrera. Como bien menciona M., “Aún así, la gente prefiere vivir acá… es que acá está todo”. En esta metrópoli, la subjetividad se erosiona hasta el punto en que los personajes son reducidos a una sola letra, habitantes secundarios de un país encauzado por la energía nuclear y aparentemente dirigido por cíborgs. El peso de esta realidad cae sobre la protagonista, K., quien, al reflexionar sobre su incapacidad material y política en la ciudad, asume con amargura que “ninguna certeza era tan cierta como creíamos”.
Influenciada por la corriente emocional del shoegaze y el dream pop, la autora sugiere oír una playlist de la obra que supera las cinco horas de duración. Nikolografía propone una experiencia de lectura donde la música es coherente con su propuesta visual. Este soundtrack invita a pausar el ritmo de lectura en las splash pages de una ciudad estrellada tras un apagón o en un diario atardecer que impacta sobre dos edificios. El uso de música extradiegética sugiere dilatar el tiempo de la lectura hacia una contemplación ciertamente melancólica de una ciudad de la postesperanza.
En cuanto al estilo visual, presenta una recursividad técnica propia del manga que utiliza manpus y viñetas deformadas que tienden a matizar el relato con elementos humorísticos. Sin embargo, esta estética habita una realidad local en la caracterización de los espacios, personajes y en el uso orgánico de chilenismos. Allí Don P. se erige como el pivote emocional de Far Away, encarna ese mentor que la ciudad post-apocalíptica les niega a los protagonistas. Su caracterización marcada por una disonancia estética entre su edad y su apariencia juvenil, se relaciona con el idioma y los tiempos difíciles en los que deben ser adultos M. y K. Como una figura tutelar en una metrópoli desengañada, Don P. les ofrece calidez a través de su consejo: “Yo ya estoy viejo, chiquillos, esta vida no la cambio. Pero ustedes son jóvenes, no se queden aquí, busquen algo mejor. Este mundo no va durar mucho así”. Para estos jóvenes desamparados, Don P., con todas sus imperfecciones, es una de las pocas evidencias de humanidad en un entorno donde lo demás resulta desalentador.
Con el añadido de secuencias cinematográficas, Far Away es de aquellas historias que huye deliberadamente de la acción que tiende a poseer el medio del manga. Tras el conflicto detonante de perder intempestivamente el trabajo, el relato renuncia a los poderes místicos o reclutadores de organizaciones secretas. Aquí no hay un mundo que salvar ni elegidos para una misión de vida o muerte. Sin caer en moralismos, la obra asume que no existe una redención global posible para dos obreros que, en sus horas de almuerzo, disfrutan la posibilidad de comer verduras y compartir audífonos de su walkman. Es precisamente en esa renuncia donde reside su mayor acierto: reivindicar el manga como un soporte capaz de trazar las desazones de nuestro presente e imaginar otros horizontes para la deslucida narrativa de nuestra ciudad.

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