Sobre Las Moscas, de Cristian González

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En el imaginario popular, al menos en nuestra cultura, las moscas suelen representar la
cercanía de lo no deseable. Tal como expresó Nietzsche, pareciera que la moral tiene en nosotros criterios estéticos, pues no experimentamos remordimiento al asesinar a un insecto oscuro que se nutre de la descomposición. No vamos a la feria o al supermercado para comprar un mata-mariposas, por ejemplo. No obstante, tenemos asumido que ese insecto de ocho mil ojos es perjudicial para nosotros por alguna razón. George Langelaan, Kurt Neumann y David Cronenberg lo tuvieron muy claro.

El libro de cuentos que reseño a continuación, toma el nombre del susodicho insecto para realizar un recorrido por una serie de caracteres de, fundamentalmente, varones, corroídos y atormentados por distintas formas de violencia. Cada cuento de Las Moscas es, en cierta medida, eso, el dibujo de un ser humano que está, por alguna razón, cercano a lo abyecto y en plena desesperación.

El volumen, publicado por editorial Cría Cuervos, compila 26 textos. Si bien 23 de ellos son efectivamente cuentos, dos o tres se inclinan hacia la crónica de un personaje, a ratos cercana a la prosa poética. Pese a esta hibridez, el conjunto funciona con solidez como una compilación de relatos. 

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Con gran habilidad, Cristian González se mueve entre lo absurdo, lo cómico y lo siniestro a lo largo de los textos del volumen. En algunos de ellos priman los hechos colectivos. Así aparecen pueblos enteros que incurren en surrealistas rebeliones hacia algún tipo de poder, pero, en la mayoría de ellos, los protagonistas son, como he dicho, seres humanos, particularmente de género masculino, militares, oficinistas, amantes despechados, adultos desempleados, abuelos, niños y, sobretodo, hijos. Hijos con una tremenda herida del lado paterno.

En efecto, podemos decir que uno de los principales, o el principal protagonista de muchos de estos relatos, es la figura del padre. Un padre castigador que reúne todas las características del patriarcado. Los protagonistas de los cuentos se mueven entre el rechazo y la admiración hacia esta figura paterna siempre presente a través de alguna herida.

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Aquí me gustaría rastrear la posibilidad de dos influencias clave en este volumen. La primera es la de Kafka, proyectada especialmente en los cuentos del autor checo, con relatos que no exceden la página. La intensa influencia del autor de El Castillo, también se halla en el uso del humor para contar una situación que, indefectiblemente termina mal, como por el tono absurdo y pesimista. Asimismo, destaca la presencia de un poder que deja a los personajes en constante alienación. La otra fuente proviene del uruguayo Mario Levrero, de quien también toma el humor, fundamentalmente negro, el recurso de lo fantástico, pero no fantasioso, y lo fragmentario. Además del ritmo narrativo y el uso de símbolos que poco a poco van poblando algunos de los textos.

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En relación a los personajes, Las Moscas es un libro tremendamente chileno en su contextualización. El insecto mencionado aparece más de alguna vez asociado no solo a una decadencia moral y física, sino también a los actos acometidos por personajes directamente macabros. Son explícitas las desapariciones, los muertos enterrados y los militares asesinos en el texto. Todo esto, de alguna manera, deja ver que el autor viene de esa generación marcada por la presencia constante de la milicia en la vida cotidiana.

En “Boca Cerrada”:

“Las moscas carcomieron la bandera de la ventana. Tengo miedo que los milicos piensen que quiero provocarlos. Por un momento volví a conectar el teléfono, justo me llamó el notario. Quiere hablar conmigo a primera hora. Temo lo peor. Siempre temo lo peor”.

Esta figura patriarcal, que aparece con distintos nombres, también está asociada a un sentimiento de culpa y a una necesidad de redención, tanto del padre como del hijo:

“El caballero que es mi hijo

…Leí diez veces el mismo parrafo, miré la fotografía, cambié de hoja, busqué los avisos clasificados, su mirada penetraba en mi, indagaba en mis recovecos, expandía mis orificios, reventaba mis tejidos y yo dejé de ser un individuo y pase a ser un objeto”

La desesperación es, sin duda, una constante en todos los cuentos. Es la emoción predominante en el libro. Y adquiere mayor peso por el uso, casi constante, de la primera persona.

De alguna manera, creo que Las Moscas no son solo la degradación que se asoma en la vida de los personajes de estos cuentos, sino también la degradación de nosotros mismos, cada rincón de nuestro propio mundo.

Esta degradación, moral, emocional y física, aparece tanto a nivel individual como colectiva en constante propagación a través del contagio. Claro ejemplo de ello es el penúltimo cuento del libro, “Edificio en lágrimas”, donde un personaje que vive solo, el señor C (Kafka de por medio), absolutamente sumido en la pobreza, termina llorando e inundado el edificio completo donde vive con sus lágrimas, causando un caos absoluto que tiene las peores consecuencias. Así también aparece el contagio como causante del caos en toda una comunidad en el cuento “Las Cañerías”, donde el personaje principal, sumido en un ostracismo absoluto descubre de repente que:

“Toda la ciudad estaba oliendo a un podrido insoportable que provenía de mí. Toda mi energía vital, toda mi existencia se propagaba por las vertientes, por los regadíos, se evaporaba y luego volvía a caer en forma de lluvia”.

En este sentido, Las Moscas funciona como una suerte de distopía. Pero esto es engañoso, porque me doy vuelta en el escritorio donde estoy redactando estas letras y el olor de la putrefacción ya se cuela por mi ventana.

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