Etiqueta: Crítica literaria

  • Fe ausente, ángel sin espada: la mística rota de Hatu G.K

    Fe ausente, ángel sin espada: la mística rota de Hatu G.K

    hatu

    Hatu utiliza las formas viejas, pero las lleva al extremo, fuera del verso libre o limpio, hasta la tensión en esa zona sombreada del significado y el vacío de la nada. Por eso es necesario armarse con un mínimo aparato conceptual para no navegar en las aguas que nos propone esta obra. Este breve artículo apenas pretende deslindar unas cuantas estrategias textuales para asediar al texto.

    Que el poeta deba permanecer impoluto de ideologías y en estricta ausencia de credos es un rigor que carece de perspectiva histórica: Virgilio edificó su Eneida como poema patriótico e imperialista; Dante escribió la Comedia para glorificar a la Iglesia, y de paso despacharse a unos cuántos rivales que terminaron ardiendo en los círculos del infierno.

    No es verdad que el mejor arte no defienda una visión, el arte renacentista -el más laborioso en cuanto a técnica y despliegue de saberes- sin mecenazgo o sin el amparo de una institución habría sido inviable, más aún en una época previa al desarrollo del capital: todo el arte renacentista propugnaba por un monarca fuerte y autoritario, un modelo de príncipe que tiene sus antecedentes en la cultura grecolatina y que siglos más tarde sirviera como fermentos para los nacionalistas y la creación de los estados modernos.

    En la Edad Media ocurre lo mismo: sin las abadías ni el cuidado de la Iglesia Católica, historias de raíces paganas como Sigfrido o héroes menos conocidos como el Waltharius no habrían existido; toda la tradición folclórica politeísta y bárbara es traducida al latín y son principalmente monjes o monjas los que se encargan de recopilar estas fuentes orales.

    Hoy por hoy, es verdad, los poetas rara vez se deben a un partido (el caso de Pablo Paredes es excepcional), y la época en que ocupaban embajadas o alguna magistratura parece una reminiscencia del paleolítico: los poetas han caído en el descrédito no porque sean poco leídos -nunca fueron muy leídos-, sino porque no han logrado derrumbar al lector con poéticas deslumbrantes, o no han sabido seducir a las elites gobernantes o económicas, sobreviviendo ante un maremágnum de estrategias literarias donde no hay imperios que sostener ni fe alguna que merezca ser rescatada del oprobio: es decir, toda esta poesía se articula por y desde la disolución.

    Es muy raro que algún sujeto autocalificado de izquierdas abogue por la revolución comunista o la dictadura del proletariado, degenerando en una postura indefinida que los lleva a abrazar ideologías de género como la homosexualidad, el feminismo o el animalismo, cuando no, el culto al ego, o la propia miseria, enaltecida en los altares del liberalismo, de todo pelaje, de izquierdas y de derechas.

    Hatu no pretende resolver esta aporía; prefiere recrearla en un poemario de talante místico y religioso, sin ser él un religioso o un místico, ni abogar por el reinado de un monarca fuerte o el retorno a la Edad Media.

    La intención se refleja en la bajada del título “Hojadrio o viejo arte & nuevo uso de ausentar la fe”. Y en letras pequeñas: necesidad de fe.  El uso del “&” por el “y” no es casual: se trata de una ligadura en desuso, que curiosamente ha sido reestablecida por el mundo anglosajón como método para identificar empresas o logotipos, a diferencia del latín antiguo, el “et”, que guarda una relación con lo litúrgico; se trata de una tensión del símbolo, al igual que la cruz que ilustra la cubierta; símbolos sagrados en un mundo desacralizado, cruces sin fe ni homilías, religión sin catecismo, religión secularizada adornando logotipos de farmacias u hospitales, pero también de cementos (y cementerios) o empresas de buses.

    El viejo arte fue gestado para alabanza del Señor, y nada menos bostezante que el arte sacro,  que dentro de su órbita cristiana también ejemplificaba los vicios y la locura del hombre (las novelas ejemplares o la picaresca, con el caso del Lazarillo de Tormes); caído el Antiguo Régimen, emergió un arte sin Dios, pero también sin hombre, porque la antropología cristiana que buscaba vertebrar un tipo humano, con su moral, se resquebrajó en mil pedazos, convirtiendo la solidez del hombre en algo acuoso, que se parceló en mil géneros. No hay verdad, no hay Dios, no hay hombre ni menos arte ¿qué hay? Posverdades, múltiples dioses, arte deshilvanado (collage y kitsch) y géneros acuosos, sin piedra, sin solidez.

    En esta tensión, entre la fe y la ausencia o necesidad de fe, emergen los versos de Hatu, desplegados desde una matriz neobarroca, la gran vanguardia católica, donde el verso es pulido al grado del enigma, ocultando sus sentidos preclaros, trocando la llaneza o la pureza de la lengua por el rigor de la metáfora y la teología cristiana.

    La primera parte, Ecúmene del Sujeto, se abre con una cita de Santo Tomás que a su vez nos prepara para el primer poema Soñar/Amar/Lengua, una santa trinidad en la que se interroga por la naturaleza de la carne, por la encarnación del verbo y por el sueño. El hablante busca la unidad (del sujeto) pero se dispersa, de ahí la fractura del tiempo y la contracción en la nada, pero también de la “torre vanidosa”, la del poeta que lejos de ser un Cristo Barroco, es la de un creyente sin fe consumido por la duda, para ser devuelto en los últimos versos como “diafanía ignífuga”; el sentido se fractura, pero no con los vacíos terrenales o absurdos de un de Rokha o un Vallejo, sino con una imagen que rememora la liturgia, un fuego que no puede ser destruido, “una piedra”, propone el verso, pero que es un insulto a la forma.

    En el poema Moralia Prédica, asistimos a una impugnación de los padres a sus hijos, enfocado en las obligaciones terrenales y su dialéctica con lo impráctico, con esos “corales disfuncionales”, y por supuesto la interrogante respecto al texto y la escritura devenida en lengua, esa península caída, ese imperio desmembrado que es la herencia hispana. La fluidez de los versos es constante, no así la interpretación, que se complejiza, entre giro y giro: llegar ya leído, ojalá con Quevedo, Sor Juan o Lezama Lima, abrirá las llaves de este cerrado paraíso.

    Ángeles sin espadas despliega esta teología mística de ritos funerarios y actos sacros anclados al vacío. La espada para el cristianismo es la fe, “No vine a traer paz, sino espada”, señala Cristo en Mateo 10:34, y la idea de la milicia celestial, de ángeles que luchan por la fe; se comprende que pueden ir sin alas, pero la carencia de la espada denota esta falta de fe, o fe vacía, que como último pliegue guarda relación con toda una tradición bíblica de ángeles ajusticiadores, el arcángel Gabriel derrotando, espada en mano, a Lucifer, o los querubines que impiden, con espadas en llamas, el regreso de Adán y Eva al Paraíso.

    La segunda sección se intitula En un pastoral albergue e incluye una declaración de intenciones: frente al neogarcilacismo de lo cotidiano, Hatu opone a Góngora. Garcilaso, como el poeta emblema del Quatroccento, el poeta de las formas delicadas y del amor, Góngora en las antípodas, por formas, maneras y elección. Ambos (se) ocuparon de lo bucólico, pero ahí donde Garcilaso de la Vega estilizas las formas, tañe campanas y entroniza a la naturaleza y a la amada, Góngora ganguea, le canta al Polifemo, a la ciénaga. El famoso soneto XXIII de Garcilaso: Y en tanto que el cabello/ que en la vena/ Del oro se escogió, con vuelo presto, es reescrito por Góngora, pero con malicia: Mientras por competir con tu cabello / oro bruñido, el sol relumbra en vano. En el poema de Garcilaso vislumbra la esperanza: casi como admonición, se nos pide que cortemos esa flor antes de que se marchite; en el de Góngora impera el desengaño, no hay flor ni belleza que valga un comino, porque se convertirá: en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada. Un golpe en el mentón al neoplatonismo sensiblero del amor eterno.

    En consonancia con la sección anterior, la tercera parte se titula Cancionero del Malhamor, acaso como inversión del Libro de buen amor de Arcipestre de Hita. Son ahora Lope de Vega y Gustavo Ossorio los convocados; parajes desolados, infierno y desamor, pero donde el vate aurisecular experimenta el infierno como buen picado de la araña que fue, Ossorio opone la exuberancia del des-amor al silencio.

    En el poema I, leemos el siguiente terceto:

    Ya no puede ser amor este, mi arte. /Olvidar para recordar un acto: /dar llaga por amor es cosa aparte.

     “Olvidar para recordar un acto”, este verso condensa una paradoja: se olvida algo para poder recordarlo de nuevo. Sugiere que el proceso creativo implica una especie de alejamiento (olvido) para poder revivir la intensidad (recordar) de lo vivido. Es un recurso común en poesía mística o amorosa del Siglo de Oro: el acto de traer a la memoria lo que se sufre, con plena conciencia de la contradicción. “Dar llaga por amor es cosa aparte.” Aquí está la clave: el amor, en su forma más idealizada, debería dar gozo, pero este “amor” ha dado herida, llaga. El hablante dice que eso es “cosa aparte”: no es amor puro, sino algo diferente, una pasión dañina, una obsesión, o un amor no correspondido que duele más de lo que alimenta.

    En el último trecho de la obra, la poesía de Hatu se reconfigura, pasando de versos de metros más breves, al desborde, en consonancia con la prosa poética en una línea que recuerda a Baudelaire o al Conde de Lautréamont, hay imágenes poderosas que son el descalabro, la clausura de la mística, la imposibilidad de ella en un mundo donde ya no queda nada sagrado, la inutilidad del ángel, de lo bello y lo angelical, el poema se torna poroso, más barroco y hendido, la voz es la de un demonio pútrido que llama a la bacanal: hay cónclaves apuñalados, hay un rey que prepara una corte de aves que terminan ganando las discusiones que solos, sin un otro, dirimen: frente a la belleza, el cacareo, frente a lo sacro, un establo donde descansan tres travestis, frente al emboscado, un bosque invisible que solo existió para la borrachera.

    El ángel es ahora un ángel mortal, un ángel sin espadas, desfallecido de tanto volar. Son doce partes de este poema barroco y furioso, enumeradas en números romanos. En la Biblia, el número doce aparece mucho y normalmente tiene que ver con la completitud, el orden divino, o el pueblo de Dios, como las doce tribus de Israel, los doce apóstoles, e incluso en el Apocalipsis, donde la Nueva Jerusalén tiene doce puertas y doce cimientos. No es la locura ni el sin sentido lo que vertebra el poema final, hay una intención profética, y aunque buscar el significado es algo complejo que rebasa este escrito, aventuro que el poema final es la disolución en la nada de la percepción de la figura del poeta como elegido. Casi gritando, en el último verso, el hablante nos espeta: “¡Soy visión soberana del mundo y mi ritmo como el suyo!”

    Hojadrio no va tanto por reconstruir la mística ni por reinstalar el viejo altar de las formas sacras; apuesta por contemplar su derrumbe desde adentro, con el rigor y la voluptuosidad del lenguaje barroco llevado al límite. El ángel de Hatu no salva, no bendice ni combate: se arrastra exhausto sobre un campo de símbolos vacíos, testigo y partícipe de una fe que solo sobrevive como artificio estético. Y sin embargo, en esa intemperie, donde lo sagrado se confunde con lo profano, y la revelación con el sarcasmo, el poeta afirma su voz como una visión soberana del mundo, un ritmo que, como el del propio mundo, avanza hacia la nada sin renunciar a su esplendor verbal.

  • Shoegaze, atardeceres y una pega de mierda

    Shoegaze, atardeceres y una pega de mierda

    Far Away, el manga de Nikolografía, autopublicado el mes pasado, ilustra el fin que conjeturamos las y los chilenos de las clases populares. En un escenario donde estalló una tercera guerra mundial y colapsó la tecnología, se confirma la eterna precariedad de las pegas de mierda que nos esperan. La obra es una historia breve que logra dar forma consistente a la sensibilidad de dos jóvenes cuya motivación existencial se diluye en una metrópoli asfixiada por las secuelas de una tormenta solar a mediados de siglo.

    Con un estilo que prioriza la expresividad de los rostros y el desastre visual de nuestra realidad urbana, el relato se articula sobre la desesperanza de habitar una capital sin lugar para la juventud obrera. Como bien menciona M., “Aún así, la gente prefiere vivir acá… es que acá está todo”. En esta metrópoli, la subjetividad se erosiona hasta el punto en que los personajes son reducidos a una sola letra, habitantes secundarios de un país encauzado por la energía nuclear y aparentemente dirigido por cíborgs. El peso de esta realidad cae sobre la protagonista, K., quien, al reflexionar sobre su incapacidad material y política en la ciudad, asume con amargura que “ninguna certeza era tan cierta como creíamos”.

    Influenciada por la corriente emocional del shoegaze y el dream pop, la autora sugiere oír una playlist de la obra que supera las cinco horas de duración. Nikolografía propone una experiencia de lectura donde la música es coherente con su propuesta visual. Este soundtrack invita a pausar el ritmo de lectura en las splash pages de una ciudad estrellada tras un apagón o en un diario atardecer que impacta sobre dos edificios. El uso de música extradiegética sugiere dilatar el tiempo de la lectura hacia una contemplación ciertamente melancólica de una ciudad de la postesperanza.

    En cuanto al estilo visual, presenta una recursividad técnica propia del manga que utiliza manpus y viñetas deformadas que tienden a matizar el relato con elementos humorísticos. Sin embargo, esta estética habita una realidad local en la caracterización de los espacios, personajes y en el uso orgánico de chilenismos. Allí Don P. se erige como el pivote emocional de Far Away, encarna ese mentor que la ciudad post-apocalíptica les niega a los protagonistas. Su caracterización marcada por una disonancia estética entre su edad y su apariencia juvenil, se relaciona con el idioma y los tiempos difíciles en los que deben ser adultos M. y K. Como una figura tutelar en una metrópoli desengañada, Don P. les ofrece calidez a través de su consejo: “Yo ya estoy viejo, chiquillos, esta vida no la cambio. Pero ustedes son jóvenes, no se queden aquí, busquen algo mejor. Este mundo no va durar mucho así”. Para estos jóvenes desamparados, Don P., con todas sus imperfecciones, es una de las pocas evidencias de humanidad en un entorno donde lo demás resulta desalentador.

    Con el añadido de secuencias cinematográficas, Far Away es de aquellas historias que huye deliberadamente de la acción que tiende a poseer el medio del manga. Tras el conflicto detonante de perder intempestivamente el trabajo, el relato renuncia a los poderes místicos o reclutadores de organizaciones secretas. Aquí no hay un mundo que salvar ni elegidos para una misión de vida o muerte. Sin caer en moralismos, la obra asume que no existe una redención global posible para dos obreros que, en sus horas de almuerzo, disfrutan la posibilidad de comer verduras y compartir audífonos de su walkman. Es precisamente en esa renuncia donde reside su mayor acierto: reivindicar el manga como un soporte capaz de trazar las desazones de nuestro presente e imaginar otros horizontes para la deslucida narrativa de nuestra ciudad. 

  • La merecida destrucción de la nación de San Pinocho

    La merecida destrucción de la nación de San Pinocho

    Fricciones sacrifica el nacionalismo chileno nublado de mediocridad, sustentado en años de explotación y prostitución, sometiéndolo a realidades donde la destrucción y el absurdo es ineludible, correspondiendo a una abstracción convincente de un mundo actual deformado y mancillado por la polifagia.

    Ajena a la reverberación de la mediocre ciencia ficción local, ucrónica y (pos)apocalíptica, Fricciones (2016) propone una revoltosa muestra de ambientaciones distópicas y miserables.

    Compuesta de nueve relatos, el primer libro de Gabriel Saldías se construye alrededor de cuestionamientos que superan el binarismo político. A través de narraciones rugosas, ásperas y caliginosas, se urden breves lienzos alegóricos que presentan, mediante un futurismo cotidiano, expresiones tecnocostumbristas que adornan la tragedia e injusticia universal.

    La ironía, la metáfora y la aceleración son factores identificables que permiten explorar los fenómenos particulares de una humanidad aprovechadora, rendida ante el abuso, embadurnada de chilenidad, carente de razonamiento, pero no así de memoria.

    Con un enfoque crítico y destructivo, la antología adelanta el ocaso de una conciencia social y el alzamiento de una memoria alimentada de idolatría y misticismo. Así, el sufrimiento y la injusticia vivida por los mártires se pierde entre el rabioso ruido de una estética de la Memoria, nublada por la voracidad del presente.

    “Pero nosotros no, cada día mejores, ya nos ves, con los mismos ojos entornados con los que salimos del subsuelo. Y tenemos para largo, te lo digo, porque San Pinocho nos regaló la vida eterna y pareciera que solo el museo y sus fotografías sepia envejecen”.

    Por su parte, el título adelanta una experiencia escabrosa, a ratos desagradable, a veces cursi y pasada de moda, pero ingeniosa e intensa tanto en su estructuración como en la particularidad ofrecida por cada cuento, lo que permite al lector insaciable e inconformista, seguir las señales que orbitan la búsqueda de la comprensión de la miseria universal ligada al devenir homo chilensis.

    Los relatos presentan acertijos y dilemas que difícilmente pueden ser ignorados por los cuerpos territorializados en Chile, debido a las pícaras alusiones políticas y culturales que constantemente se entretejen en fabulaciones científicas o representaciones apocalípticas.

    En su mayoría, estos relatos proponen consecuencias especulativas del avance de la tecnología en ambientes chilenos y latinoamericanos, adornados con referencias tanto a la biografía de los explotadores como a la de los payasos. Todo esto, con un estilo irónico que subvierte la solemnidad de los emblemas patrios, remece el hábito familiar y desplaza al lector lejos de las discusiones sobre izquierdas y derechas; síes y noes; treces y sietes:

    En Santiago del correcto extremo, se tensiona la persistencia del recuerdo y el devalúo de la memoria como moneda de cambio. Es un ejercicio que encara el desgaste de la cosmología chilena, apuntando a la distancia entre el presente y el sufrimiento primigenio, a la carencia del fuego revolucionario y al olvido del dolor. Juega con ídolos peligrosos, que hoy son significantes vacíos, encerrados en un ciclo de repetición, rememoración y recuerdo.

    En Champion Latinoamericano se explora un mundo en que la ruleta rusa se constituye como deporte masivo. Asumiendo márgenes de violencia dilatados por la insensibilidad del consumo, el brillo de la vida única e irrepetible se pierde en el tumulto despersonalizado de cuerpos que encuentran placer en las increíbles hazañas del campeón.

    Malo de fábrica da vida a un robot punky llamado Jhonny (en referencia al podrido) en una imaginería a tono con la cultura-basura gringa de ciencia ficción ochentera, resultando un ejercicio especulativo, anterior al esparcimiento de las inteligencias artificiales, que cuestiona el deseo legítimo de revolución en contraste a los elementos estéticos que representan la Revolución.

    Memento Mori, a través de un elucubrado suspenso, propone una historia de venganza, ligada a los crímenes y torturas de la dictadura militar chilena, con un desenlace que propone un escenario distópico cyberpunk

    Mañana hablamos, cierra esta antología con el principio del final, en una humanidad resignada y asumida en su extinción. En este escenario, un niño encuentra el espacio para declarar su amor en momentos previos al apocalipsis.

    En Fricciones, el óxido y las heces se saborean en el ambiente. Ideas extrañas, conexiones, resultados y redenciones, caracterizan dioramas, quizás, más inmanentes que las ficciones que se vienen bordando en la virtualidad de la creación literaria. El absurdo es la clave para jugar en paz entre los maceteros, jardineras y cajas de arena que propone Fricciones: lo absurdo de la realidad real, inasible al habitante-planetario-extraño-en-su-cuerpo, puede ser descodificado en ejemplos exagerados y bromas generacionales.

  • Inodoros y explosiones en un cielo chileno postapocalíptico

    Inodoros y explosiones en un cielo chileno postapocalíptico

    El oro de las minas puede servir a todas las naciones;

    el oro que ha recibido la impresión de la moneda

    no conviene más que a una sola.

    Madame de Staël

    Ceñida al marco postapocalíptico, Shiiva es un manga creado por dos autoras, Midly Anxious y Leafgilly, de Chile y Estados Unidos, respectivamente. Su primer tomo, compuesto de cinco episodios, un prólogo y cuatro yonkoma que dan fin al volumen, propone la supervivencia de dos chicas jóvenes, disímiles entre sí, en un mundo en plena reconstrucción aérea tras el colapso terrestre provocado por desconocidos parásitos come-cabezas. 

    Ubicada en Chile, la historia comienza con Mabu, una adolescente cuyos padres han tenido que abandonarla a su suerte debido al colapso del mundo, con nada más que una radio transmisor portátil e historietas. Esperando con diligencia a sus padres, Mabu es infectada por un parásito come-cabezas, de proporciones míticas en la obra, en una escena gráfica de dolor y llanto. Ante tal desesperación, Mabu encuentra consuelo tras dar con una desconocida voz en la radio.

    Infectada y huérfana, Mabu pasa sus días hablando con una misteriosa voz que dice proceder de España, además de leer sus historietas con el clásico argumento del héroe, ficción que de manera quijotesca va formando su personalidad, expectativas y sueños. A pesar de haber sido poseída por un parásito, el rostro de Mabu es ciertamente adorable. Al respecto, su personalidad ingenua y bondadosa, sumado a su grácil y no humano aspecto visual contrasta con la otra protagonista de la historia, Shiva, asimilable a una vibra punk en su persona, amante del fuego.

    Si bien ambas son marginales, Mabu y Shiva establecen de manera apropiada el contraste de personalidad, apariencia y ética entre ellas. Shiva constantemente desafía y violenta lo correcto. Engaña y se burla de Mabu, es frívola ante la muerte de civiles, incluido niños, pero no es una villana. El trabajo con su pasado, los primeros planos, el acercamiento a su sonrisa, miedo y resentimiento permiten al lector empatizar con la complejidad de Shiva. Después de todo, ambas terminan enfrentándose a microsociedades encarnadas por masculinos héroes patéticos que han sido infectados por entes con apariencia de pájaro. 

    Con facilidad, es posible detectar en Shiiva una alegoría del arte democrático chileno sin grandes deudas con su ascendencia. Alude a las formaciones estéticas con las visualidades japonesas, de familias no tradicionales, de solitarias tardes consumiendo ficciones preferentemente no occidentales, manifestando sus inquietudes en batallas visuales, desplazadas e incomprendidas por las grandes y deslucidas problemáticas nacionales. 

    Sin embargo, Shiiva es propiamente una ficción de su territorio. Como observa Francine Masiello, el relato nacional chileno ha tendido hacia micronarraciones truculentas. De este modo, el manga de Midly Anxious y Leafgilly también presenta cadáveres mutilados, fragmentos corporales y metáforas de la descomposición de aquella comunidad anhelada por los chilenos. Shiiva también se posiciona desde la subjetividad y corporalidad de los abandonados, en una época contemporánea signada por las problemáticas en torno al género y la institucionalidad del poder en su condición patriarcal.

    No obstante, la apropiación del presente cosmopolitismo del manga permite una exploración simbólica refrescante para los cómics actuales. A través de lo visual, la marginalidad y el abandono son trabajados con la gracia y comedia del manga en la hipérbole de la espesura de los retretes en los que crece Mabu. Decenas de inodoros conectados por cañerías en edificios en ruinas. A su vez, las explosiones y la violencia gráfica son divertidas sin caer en la banalidad, en escenarios y gestos reconocibles para el espectador chileno como la aparición del Costanera, de un wate en viñeta abierta que cruza media página, banderas, nombres y la apariencia física de los personajes.  

    En definitiva, Shiiva consigue narrar una historia aprovechando la herencia cultural del manga. Es destacable la acción, el trabajo con los márgenes, viñetas abiertas y diagonales, el uso de splash page, sumado al carisma de los personajes en la expresividad de sus semblantes. Sólo es reparable o somero el trabajo con los fondos, a veces demasiado simplificados o en abuso de blancos, bastante aprovechable por ser una ficción que transcurre en los cielos tras el colapso del mundo del asfalto. 

    eje
  • Eira & Brandwen: creando evocadoras historias visuales en una 3DS

    Eira & Brandwen: creando evocadoras historias visuales en una 3DS

    Frente al abismo de lo insignificante, son admirables aquellas creaciones artísticas que eluden la pretenciosa novedad y las grandes ornamentaciones técnicas que parecen demandar las producciones visuales que merecen atención. Eira & Brandwen (2024) traslada la confrontación independiente de los videojuegos al escenario artístico de las narrativas visuales. Su creadora, Funeralis, alias de Antonia Uribe, ha utilizado una Nintendo 3DS para sostener una conmovedora historia realizada en Flipnote Studio 3D.

    La estética de píxeles contrasta con la descuidada minuciosidad artesanal que tiene la faja del fanzine de Eira & Brandwen, escrita y realizada a mano con recortes, cinta adhesiva e ingenio por quien demuestra cariño en su ejercicio artístico. Un fanzine cosido con hilo vino tinto e impreso en un papel ahuesado que terminan dándole un acabado precioso al humilde trabajo del arte o literatura independiente.

    Cuando ya han comenzado a estriarse los beats melancólicos y el filtro de las televisoras de tubo, al igual que la imagen trillada de lo pixelado en obvia referencia ya demasiado masticada de los videojuegos de antaño, aparecen trabajos como Eira & Brandwen: una bella conjunción de doce ilustraciones urdidas con una narrativa elíptica sin materia verbal.

    Asumiendo el género femenino de las protagonistas, Eira & Brandwen narra el desplazamiento de dos mujeres jóvenes ante una caza de brujas. Ambas parecen escapar hacia una pradera con indicios del pretérito escenario bélico enunciado en armas, cascos y armaduras de acero abandonadas. Ambas experimentan este traslado geográfico ante la violencia sostenida por militares y acólitos como metonimias de la injusta institución patriarcal de ejércitos con biblias y armas.

    Destaca también la dualidad gráfica de los personajes y el escenario como elementos funcionales. Una chica en la pira, rodeada de sombras oscuras, comparte las vestiduras blancas con las protagonistas, cuyo semblante parece evitar con dolor la escena. Entre las protagonistas también destaca el contraste de su caracterización, como la distinción en el color de su cabello y ojos, sumado a la profesión religiosa de una de ellas. Luego, el fondo de los acontecimientos transcurre en una pradera como escenario dividido entre la pradera verde con totalidades amarillas y el celeste de los cielos habitado por nubes blancas y cándidos destellos solares.

    De todo el conjunto, destaco dos viñetas o frames porque demuestran el modo en que el manejo visual de la historia invita con propiedad al juego interpretativo. En un ángulo picado, la chica de cabello oscuro, a espaldas del lector, observa de rodillas una espada. Su espalda arqueada y la mano sobre las rodillas le dan una quietud ceremoniosa a uno de los signos de la guerra, sumado al hecho de haberse puesto uno de los cascos abandonados. El viento es el único que parece tener movimiento en la escena tras mecer la oscura cabellera de la chica. A su vez, un poco en contrapicado, la otra chica sonríe mientras parece jugar con algo que sostiene entre sus manos, pero tanto sus ojos como aquel objeto, posiblemente la espada, quedan fuera de campo. Su ambigua sonrisa trémula le otorga cierto sufrimiento a la escena. La soledad y lo irresoluble del conflicto ante la pendiente. 

    Considerando las palabras del título, único aspecto verbal del fanzine, los nombres propios como reflexiona Barthes a partir de Proust, tienden a ser figuras de la reminiscencia. Ese aspecto melancólico, emparentado con la punzada fotográfica, de peligro antes del total olvido, son reforzadas en la elección del título, posiblemente evocadoras de figuras mitológicas de la cultura nórdica y celta. Una genealogía tienta que Eira o Eir proviene de una diosa/valquiria nórdica de la obstetricia, la medicina y la curación, aspecto exclusivo en las mujeres de la Escandinavia antigua. En cuanto a Brandwen, su nombre puede evocar a Branwen, para algunos -erróneamente- diosa galesa del amor y la belleza, cuyo relato en el Mabinogion narra la historia de un matrimonio concertado para traer la paz entre dos naciones, pero con un resultado trágico debido tanto a su esposo como su hermano, quienes la maltratan de una u otra forma llevándola hacia la muerte. La etimología de la palabra brand, además, se relaciona con el fuego y la espada, también con el hierro candente para signar, lo que va dándole el sentido de marca.

    Eira & Brandwen, entonces, puede tener una presentación visual agradable, tranquila, pero sobre todo denuncia la resistencia y sufrimiento de las mujeres. La estética del píxel se vuelve hermosa cuando manifiesta la supervivencia, pese a la desventaja. Es una decisión gráfica minimalista enfrentada a la monstruosidad de las industrias culturales. Lucha con dignidad, aunque jamás logre abatirla, contra las portentosas elaboraciones que permiten experimentar mundos infinitos, la expansión ominosa de la convergencia actual. Momento en que las ficciones hace décadas van más allá de la autoría, con ramificaciones en cajas de cereal y juegos de mesa evolucionando hacia herramientas procedurales cuya expansión podría ir más allá del límite humano que logre recorrer la geografía digital de aquellos universos. Un presente en el que prolifera la sosa imperfección agradable de las imágenes generadas por inteligencia artificial.

    Se necesita total atención hacia aquellas creaciones artísticas aventuradas con humildad. Y es necesario atender, con ese mismo cuidado y precaución, evocando con parcialidad una vapuleada reflexión de Bruno Latour, la existencia frágil de un trabajo de este calibre.

    ejemplo
  • ¡PLOP! Imaginar el extremo del colapso

    ¡PLOP! Imaginar el extremo del colapso

    ¿Qué vas a hacer cuando las olas atraviesen tu pared?

    Cuando no haya un nuevo sitio para ir a recorrer.

    Vagando entre árboles, computadores y bicicletas.

    Medio Hermano

    Con respecto al conjunto de obras relacionadas (de buena fe) a lo que cotidianamente se puede denominar distópico o postapocalíptico, es necesario destacar, y si es posible estacar, un título que circula hace más de veinte años en el universo: PLOP (2004), una novela terrorífica de Rafael Pinedo que, sin advertencia, permite al lector inmiscuir la mirada por un Glory Hole y tantear una idea de lo que no se pue/de/be ver: escenas breves y secantes, donde cuerpos y residuos de cultura se cortan/rasgan, pegan/empalman y, se desplazan, desterritorializándose, entre meras llamaradas que aún alumbran un plano espaciotemporal suspendido, condenado a la repetición y la descomposición.

    Comienza con un nacimiento: Plop, un sobreviviente marginado, usado y convertido en guerrero, pero, detrás de su biografía, funciona una simulación lúcida y peligrosa. Sin reducir el potencial de PLOP a las extremas peripecias que recorre su protagonista, es necesario destacar, además, el suntuoso ecosistema que sostiene su andar. Plop sobrevive en un mundo alejado del control/descontrol Estatal. Sin ciudades, sin carreteras, sin vehículos y sin culpas antiguas. Los habitantes que se desplazan en este espacio derruido por el clima hostil se mueven por un planeta agotado y consumido: un pedazo de corteza liquidado, sin rastros de remisión. Una Gea muerta, seca y suspendida, cuyo proceso de descomposición es protagonizado por los últimos humanos/gusanos. 

    Es una novela que amenaza y puncetea, proponiendo ejemplos de comportamiento cruel y desbordado, entre cuerpos que no habitan el lenguaje de manera moderna. Frente a esto, la novela de Pinedo resulta un punto corrido en el tejido de obras postapocalípticas y, en términos afectivos, dialoga con funcionalidades o tensiones universales identificables en videojuegos como Fallout New Vegas (2010), The Last of Us (2013), Kenshi (2016) o, incluso, Death Stranding (2019), ya que, estos títulos, proponen al jugador un imaginario complejo sobre un presente post-colapso-derrumbe con una variedad de dimensiones estéticas o discursivas, significando espacios que se re-transitan o re-juegan. Pese a que son ejemplos dignos de repetir por la intensidad de la siniestra forma con que se tiende a representar el devenir-humano/animal, PLOP, desde una dimensión humilde, sobresale entre la grotesca constelación de títulos, sodomizando el enredo de obras consideradas postapocalípticas y, logrando mostrar, un adelanto creíble de lo que podría suceder después del punto sin retorno (o sin esperanza), en un contexto de extinción, tanto de la cultura de la cultura como de la especie. 

    PLOP, a través de su lenguaje contenido, evoca tabúes y extrema el comportamiento humano en un universo sin edificaciones. De forma directa y desesperanzada, dialoga con intensidades encontradas en otras obras o medios intermediales. El miedo, el caos, la desprotección de la familia, el ultraje de la pulcritud que se aprecian en películas como Mad Max (1981), The Road (2006) o The Book of Eli (2010) que, pese a su complejidad y crueldad, pueden no ser tan extremas como el miedo a la desprotección que evoca Rarita, un personaje femenino de la novela que sobrevive en un entorno tribal acostumbrado a usar sexualmente cuerpos de diferentes edades, en público y sin pudor, aunque con sus propios tabúes. Incluso desde la pintura, quizá, la voracidad mezquina del canibalismo de Saturno que se imagina en la pintura de Goya no resulta un ejemplo tan deleznable como la forma en que cuerpos consumen otros cuerpos o residuos en la novela de Pinedo. 

    En este caso, resulta una fortaleza que PLOP empuje los límites del extrañamiento con sus  representaciones de la crueldad humana: su intensidad atraviesa el orden mental y la plenitud, resultando una experiencia que permite orbitar reflexiones en torno a lo que sucede y podría suceder. Una obra como PLOP, circula latente: sus movimientos, desplazamientos, desterritorializaciones y reterritorializaciones se cristalizan e iteran en la autobiografía del humano. Aflora el sometimiento, la burla, el traspaso, el desborde, la yuxtaposición o el entrecruce de límites y/o propiedades. 

    En la actualidad, dependiendo del sector o del habitante, la intensidad de lo que se puede imaginar respecto a lo que hay después de ese colapso puede variar: Extinciones, totalitarismos, viajes interplanetarios, vida alienígena, deshumanizaciones y/o devenir cyborg, pero, desde PLOP, se elabora un imaginario que supera cualquier esperanza o lujosa divagación, ya que, en sus límites no existe espacio para elaborar un futuro desde el pensamiento y, tampoco, es posible recrear una trascendencia más o menos conveniente para  una civilización porque la cultura desde la que el /yo/ imagina el planeta devastado, no es una cultura que se manifieste en el espacio yermo en que sucede la novela. Lo que se manifiesta en esas ruinas, entre esa podredumbre artificial y vacua, es el cuerpo y su necesidad a través de un relato repleto de imágenes que (des)colocan o dis(locan) la confortable sensación de estabilidad que persigue el cuerpo en su escapismo. Las redes sociales vehiculan, repiten y recrean escenas de aconteceres que fortalecen la mirada del habitante planetario. Manifestaciones, accidentes, muertes y ensamblajes de cuerpos, entre muchas otras expresiones, recuerdan que el organismo siempre está en peligro, pero, ¿realmente logran dislocar la subjetividad al punto activar el miedo a lo que posiblemente vendrá después de un colapso sin retorno?

    PLOP es un título molesto que estremece cualquier rutina e inunda de miedo el porvenir. Entre el barro de sus páginas y los artefactos desconocidos que adornan el mapa, advierte sobre, ¿qué esperar cuando no exista civilización capitalista globalizada que mantenga un cosmos material? En este sentido, en la novela, se encuentra un ecosistema interesante que simula de forma lúcida un flujo del devenir que no acerca al lector a una reflexión sobre el retorno a la naturaleza, sino más bien, lo arroja a un mundo donde la naturaleza fue mancillada y no propicia condiciones para que el humano comience otra vez a erigir un imperio de significantes que ponga en funcionamiento la supervivencia mediante la persecución de lo infinito.

    /¿imaginas el mundo cien años después del derrumbe?/

    Cadenas de acontecimientos que desembocan crisis y el colapso del mundo civilizado es la inevitable explicación lógica que permite justificar lo que antecede al ecosistema realista que Rafael Pinedo logra poner en funcionamiento utilizando:

    CUERPOS

    RESIDUOS

    RECICLAJES

    Llueve constantemente.

    Barro, metales, trapos, plásticos y cuerpos son los materiales esenciales para la supervivencia de los cuerpos impregnados de plásticos, trapos, metales y barro. 

    El agua que toca el suelo no puede ser consumida de ninguna manera. Solo se bebe agua de lluvia. 

    Los animales son peligrosos y difíciles de mantener domesticados. Ratas, perros, gatos y humanos amenazan con reducir las organizaciones nómadas.

    Los cuerpos se desplazan con una voluntad automática de supervivencia que rehúye de la extinción. No se encuentra noción de higiene y autocontrol, no es necesaria la alfabetización y su cultura, los cuerpos humanos se comunican con el cuerpo mismo, impulsados por un deseo destapado que fluye liso entre las ruinas y se encaja con otros cuerpos.

    SENTENCIA

    Es un libro que debe ser enfrentado con coraje. Es agresivo, apuñala en el esternón, degüella o simplemente apunta a la cabeza con un arco. Increpa con cada palabra, cada párrafo escueto, cada capítulo breve mediante un ecosistema repulsivo que cree transportar los últimos resquicios de humanidad. Por lo mismo, avanzar en sus páginas es una responsabilidad que se paga caro, simplemente porque la letra no entra de la misma forma que la imagen y la sensación: leer e imaginar este mundo repulsivo no es lo mismo que verlo en Mad Max o Hokuto no Ken, o jugarlo en Fallout o Last of Us. Leer con atención PLOP de Pinedo recrea en la mente escenas, contactos, bailes o rituales que afloran de forma peculiar de palabras tan indefensas como /placenta/albino/rarita/reciclar/ o /usar/.

  • Los peligros de mascarse a sí mismo

    Los peligros de mascarse a sí mismo

    La historia del mundo es el matadero del mundo, dice un célebre aforismo hegeliano: y de la literatura, agrego. La mayoría de los libros desaparecen para siempre…

    Franco Moretti

    Cualquiera que desee envestirse de sepulturero de la literatura chilena publicada en este siglo la tendría bastante fácil. Más de un centenar de librerías de ocasión terminan ofreciendo el remate del remate de aquellos códices que nadie busca, los que probablemente nadie quiso. Libros comprados por amigos y familiares a ingenuos escritores: manoseados, puestos a un lado, apolillados y derruidos en el polvo. 

    Lo más llamativo del reciente matadero de la literatura nacional implica recorrer sus marcas: dedicatorias, boletos de buses, fotografías, hasta cabello y así.

    El dermatófago de Hatu pertenece a esta indescifrable cantidad abrumadora y tediosa de una literatura formada por cadáveres achoclonados, apilada por otrora espectros editoriales. Un libro del que pude obtener una bella y misteriosa copia, del cual su mismo protagonista profetiza:

    Con el tiempo, será una publicación más al montón, escondida u olvidada por libreros porque la cultura y sus gráficos serán otros. Sin poder ser mondo por vanidad, es superfluo en sus apreciaciones. Estamos cansados de la narrativa que, en su máximo logro, olvidando sentidos y poesía es, contar una historia (…) Pillet lo intenta y fracasa vergonzosamente (193). 

    Lo narra Esteban Pillet, un joven rancagüino de veintitantos que relata su cotidianidad a la usanza de un diario o cuaderno. Reuniones con amigos para charlar de anime o discutir sobre juegos de rol. Fracasan en sus intentos por hacer manga, fanfics y cualquier cosa que se propongan. 

    Una escritura meticulosa, anacrónica, pero con diálogos coloquiales. Un manuscrito acompañado, por si no faltase algo, de notas al pie de página, con un prólogo y cierre como partes también de la novela que reflexionan a nivel del metatexto sobre los escritos de Pillet. Frente a esta mezcla de registros se exploran temas irrelevantes para la construcción de una historia, donde la única trama interesante es aquella resguardada con diligencia por el propio autor. Una chica le encarga a Pillet que revise el diario de su amiga fallecida, pero no se convierte en una meta clara. Para Pillet, escribir es tan necesario y naturalmente poco significativo como respirar. 

    -Si usted, dígame, ¿de qué escribe?

    -Nada.

    -¿Pero cómo? Con ligereza atenta cuestiona.

    -Escribo sobre nada. (87)

    El Dermatófago no puede ser localizado en internet, no es fácil hallar fotografías, tuvo nula recepción crítica y solo fue comentado en textos autorreferenciales sobre la escena artística chilena influenciada por el anime. En la portada se aprecia una chica sentada en mitad de la calle, sin rostro ni identidad, vestida con un distinguido sailor fuku. Podría ser una japonesa o una escolar chilena en su primer cosplay. Junto a sus amistades, Pillet alude con insistencia al bagaje cultural de su generación. En la madrugada cantan endings sin miedo a la cursilería sobrepensando el argumento de Madoka o Sakura Card Captor.  

    Nunca antes había sucedido que la intervención e influencia cultural calara de tal forma e intensidad en las generaciones más jóvenes, en pequeños, infancias y adolescentes. Porque las series, a pesar de tener carencias -muy serias- de diseño o dirección, lograban mucho en nuestra educación de afectos porque se atrevían. (152). 

    Sin duda es un libro extraño. Con editorial desaparecida. Sin fecha.  ISBN incorrecto. 

    A pesar de todo, es quizá el mejor libro que se ha escrito sobre una generación específica en Chile e Hispanoamérica. “Crecimos en infancias de curso errático” (98), menciona con propiedad. Televisión e internet. Fracaso y desilusión. 

    Es destacable el hecho de que evada, por fin, la somera comprensión de las juventudes de una época que todavía se comprende bajo la televisiva noción de tribu urbana. Aquellos jóvenes alimentados por series japonesas y foros de internet prendados de donde fuese y lo que fuese. Así, Jung o Hegel le permiten entender la realidad o expresar una condición estética a Pillet al igual que Digimon o Utena. ¿Qué rescatar de todo ello? ¿Cómo interpretarlo? 

    -Hay cachao que nuestras series favoritas representan un poco nuestras tragedias personales?

    -¿No era como obvio?

    -No para todos (163)