
Mar de árboles muertos: una absurda comedia negra, del colectivo La loca teatro, pone en escena a tres personajes que interactúan con desesperado frenesí ante la urgencia de poner fin a su existencia física. Con un humor desquiciado, la pieza retoma el que Camus consideraba el único problema filosófico en verdad serio: juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida.
La dramaturgia y dirección de Consuelo Tamayo exhiben todos los recursos capaces de restituir al espectador la fascinación inicial por el teatro: música en vivo, juegos lumínicos, ilusiones ópticas y un coro que invitaba a sumarse al primer opening de Digimon. Frente a la eterna precariedad de tener que hacer mucho con poco, el montaje suspende sus aparentes limitaciones materiales y ejecuta su propuesta con creces.
Aunque los intérpretes no abandonen el escenario, la obra puede dividirse, bajo una matriz clásica, en tres actos. El primero expone las vicisitudes del colectivo mediante una estrategia recurrente en la escena post: la disolución de los límites entre la vida y el arte, la existencia como artificio y la autoconciencia del texto dramático. Quizá menos lograda que los segmentos posteriores, esta apertura trabaja referencias más o menos explícitas a la dramaturgia de Jorge Díaz y Madama Butterfly, entre otras. Sin embargo, lo que podía ser un mero ejercicio autorreferencial resulta bastante dinámico gracias al desempeño de sus intérpretes: Kristopher Muñoz, Carla Prieto y Javier Canales, cuyo histrionismo y complicidad escénica hacen reír al público. Así, la pieza elude el ensimismamiento metateatral y avanza con fluidez hacia el dilema de la eutanasia, primero desde la óptica del frívolo emprendedor neoliberal y luego de la engorrosa e imbécil gestión estatal.
El escenario consiste apenas en una silla y un sofá cama, además de algunos elementos que aparecen y desaparecen con precisión. El vestuario, los accesorios y motivos (neo)japonistas son capaces de articular con tono paródico la fascinación ingenua por Japón. Así, los kimonos improvisados y el maquillaje captan nuestro engullimiento cultural por la nación de los monstruos digitales, lo que va en línea con una sofisticación bastarda muy propia, como en la práctica del sushipleto. También son fundamentales la iluminación, la música y los efectos de sonido que destacan por apoyar los juegos ilusorios y reforzar el aspecto cómico.
Un día antes del estreno de Mar de árboles muertos: una absurda comedia negra, en la Universidad Alberto Hurtado se realizó un evento sobre Yukio Mishima por los 101 años de su nacimiento. Ambas instancias convergieron en la vitalidad estética de vivir al filo de la muerte, al compás del sincretismo, motivado por la devoción dramática. La obra, junto con ser atrapante, divertida y profundamente desoladora, no propone ninguna salida al tema de la muerte, capturada por el ente burocrático y la esperanza oportunista para las privilegiadas mentes emprendedoras que proliferan en la prisión de nuestra civilización mundial.
Mar de árboles muertos… se presentó los días 27, 28 y 29 de agosto, y se presentará el 3, 4 y 5 de septiembre en Teatro de Bolsillo.

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