Pajarona y la desconectada, contemplativa, fría, distante, alejada, encerrada e inocente autoficción

La reciente autoficción, Pajarona (2026), escrita por Lula Almeyda y publicada por La Pollera Ediciones, dentro de la colección Surcos del territorio, presenta un abanico de episodios de infancia, fragmentados, racionalizados y elípticos en torno a la misma idea: el desacuerdo y el desencuentro con la infancia, solapados con el intento de cauterizar desde una mirada adulta y regresiva las frustraciones e injusticias vividas durante el tiempo formativo de la escritora en su ciudad natal.

En general, la escritora rememora sus inicios en la Sexta Región, entre Coya y Rancagua, viviendo mayormente en una modesta casa situada en lo que denomina “una villa de clase media aspiracional”. En el comienzo del libro, se mapea el territorio en el que suceden la mayoría de los acontecimientos, precedentes de una infancia plana, pero no por eso, menos interesante y se delimita un espacio físico y emocional en el que transitarán varios recuerdos y reflexiones tiernos y estériles.

Sin mucho que contar sobre las personas y los lugares de su tierra, en cada capítulo, la vida de la autora se torna el centro narrativo, mediante episodios que dan cuenta de impresiones y peripecias banales, provenientes de una infancia cuidada por la comodidad de aquellos privilegios de la clase media noventera. No obstante, pese a existir comodidad, la infancia de la protagonista no queda exenta de carencias afectivas, frustraciones e irregularidades producto del devenir niña: la violencia sistemática de la escuela, la discriminación del mundo infantil, la lejanía y negligencia de los adultos y los problemas neuróticos familiares que funcionan como detonantes de una personalidad en búsqueda constante de validación y de espacios diferentes a los transcurridos por la mayoría.

Un punto fuerte del libro aparece en el rastreo de las raíces sirio-árabes de la escritora mediante relatos de su familia materna, que abarcan el escape que su bisabuelo ante los turcos, su inminente arribo a Chile, su incansable trabajo por la fortuna y el bienestar familiar que nunca disfrutó, y su linaje fortalecido por las hazañas de admirables mujeres que forjaron su carácter para sobrevivir al dominio cultural masculino.

Dentro de estas mujeres, Rosa, la abuela de la escritora, sobresale entre las demás por su ímpetu y brío frente a la adversidad, pero también por los misterios e imprecisiones que orbitan su vida y que elaboran una imagen desdibujada y atrayente:

“En sus fotos de niña, mi abuela asoma una tristeza. Sus ojos dicen algo que no sé qué es. Nunca sabré cómo fue realmente su infancia, cómo fueron sus padres, cómo fue para ella y para mi tía abuela crecer en las condiciones en que lo hicieron. Solo quedan los cuentos. Los relatos familiares. Las historias agrandadas. La necesidad de mi abuela de ser valorada”.

Finalmente, el libro contiene espacios en blanco que la suspicacia del lector logrará vislumbrar entre la fragmentada forma de narrar y las imágenes que permanecen en las sombras: la difuminada figura de un padre poco mencionado, la envidia infantil, el resentimiento adolescente y las dubitaciones adultas frente a trayectorias amputadas.


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